Wagner en israel: "Entre la herejía y la libertad de opinión" por Sergio Crivelli

La ejecución pública de la música de Wagner está prohibida “de facto” en Israel. No siempre fue así. La filarmónica israelí la tocaba en Palestina hasta comienzos de la era Nazi, pero después de la Noche de los Cristales dejó de hacerlo. Tras la fundación del estado de Israel, el boicot continuó y fracasaron intentos aislados de eludirlo, como los del ex director de la filarmónica, Zubin Mehta. En una de esas ocasiones, en 1981, además de la frustración hubo box en la platea.

 

En el año 2000, la Corte Suprema israelí ratificó el derecho de una orquesta local a ejecutar el Idilio de Sigfrido, pero un año más tarde Daniel Barenboim tuvo que levantar La valkiria del programa del Festival de Jerusalén por protestas de sobrevivientes del holocausto y del gobierno. Al final del concierto, sin embargo, anunció que tocaría Wagner como bis e invitó a los objetores a retirarse. Alegó que sería “democrático” tocar Wagner para quienes quisieran oírlo. Hubo debate, una minoría se retiró y la Staatskapelle Berlin tocó el preludio de Tristán e Isolda.

La controversia en torno a la música de Wagner en el estado judío tiene facetas históricas, estéticas, políticas y de opinión pública difíciles de separar. Los argumentos a favor de la prohibición de Wagner por “nazi” o por afín al holocausto son históricamente insostenibles. Wagner murió cuarenta años antes de la aparición del nazismo y cincuenta antes de su llegada al poder.

Las consideraciones puramente estéticas tampoco resultan aceptables: no hay relación posible entre el célebre tritono en Mi bemol del comienzo de El oro del Rin y las atrocidades de las cámaras de gas. Los argumentos ideológicos de los prohibicionistas son, asimismo, inconsistentes. Wagner era un furioso antisemita, pero si se lo vetara por eso, igual suerte deberían correr infinidad de escritores, desde Francisco de Quevedo hasta Charles Dickens y músicos como Richard Strauss, que no han sido censurados en Israel. Se atribuye a Hitler la frase de que para entender al nazismo basta con escuchar a Wagner; pero ésa es una opinión de Hitler, no de Wagner.

La sensibilidad de los israelíes puede sentirse afectada, no obstante, por el hecho de que la estética del nazismo parece deberle mucho a Wagner y de que la puesta en escena de los congresos y los actos del nazismo exhibía una teatralidad que podría llegar a ser calificada de “wagneriana”. Pero ese vínculo es endeble, aunque hay una coincidencia que señalar: los nazis querían convertir la política en estética y para ellos el arte debía ser kitsch, arte de tendencia; requería una legitimación extra artística. Detectaron en Wagner una fuerte veta kitsch –lo mismo que Adorno– e intentaron convertirlo en símbolo propio, en una poderosa arma para la batalla cultural.

Por eso, identificar a Wagner con el nazismo significa darle la razón a los nazis. Barenboim usó ese razonamiento en su polémica con los prohibicionistas, pero cabe una aclaración. La disputa tampoco es puramente teórica. Nadie ignora que el músico divulga los puntos de vista de la socialdemocracia europea que en el conflicto árabeisraelí repudia tanto la dureza de los gobiernos israelíes como la intransigencia de su principal sostén, los Estados Unidos. Su Orquesta West-Eastern Divan es producto de ese alineamiento.

De todas maneras, eso no justifica la censura israelí. Los estados democráticos –e Israel es el único en la región– no tienen como tarea fijar los gustos musicales de los ciudadanos. Cuando lo hacen, se convierten en una cátedra autorizada a bendecir gustos y proclamar dogmas. Si cualquier opinión sobre un hecho estético se convierte en ley del Estado –aunque no esté escrita–, no es posible ejercer la disidencia. Hacerlo equivale a caer en herejía y exponerse al castigo de los custodios del dogma. El pensamiento liberal y democrático se debatió durante siglos a favor de la libertad de expresión y contra el delito de opinión. Este último es una rémora que ninguna sensibilidad histórica justifica.

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