Wagner en israel: "El Valor del Silencio" por Julian SCHVINDLERMAN

Los defensores de la obra wagneriana en Israel presentan el argumento de que si el antisemitismo fuese el parámetro para determinar quién puede o no ser presentado en el estado judío, entonces Chaikovski, Chopin y otros famosos compositores judeófobos deberían ser igualmente prohibidos. Es un punto válido, pero debe notarse que Wagner no fue meramente un consumidor más de antisemitismo, sino un creador y propagador furibundo de antisemitismo.

 

[…] Él forjó la judeofobia genocida alemana. Recordemos que en su ensayo El judaísmo en la música pidió por la eliminación total de los judíos. Eso lo ubica en una categoría aparte en el infame panteón de los antisemitas. Como dijo Zubin Mehta: “Wagner fue ciento diez por ciento antisemita”. En su raíz, el debate sobre Wagner contrapone dos símbolos poderosos. Por un lado, el compositor alemán fue un símbolo cultural del nazismo. Aun cuando él falleció antes del advenimiento del nacionalsocialismo, es innegable que su influencia ideológica y cultural sobre este movimiento fue enorme. La Orquesta Filarmónica de Israel es un símbolo cultural del estado judío, en gran parte un país-refugio del antisemitismo, y es de esperar que su comportamiento sintonice con su significación simbólica. La unión de ambos símbolos luce inapropiada. El violinista Avraham Melamed señaló, en cierto momento de la polémica, que si pintara una esvástica en la vía pública, él sería arrestado, aun cuando la esvástica originalmente era un símbolo indio inofensivo. Pues desde el momento en que los nazis la tomaron para sí, quedó asociada a la maldad y ya no a la cultura oriental antigua. De modo similar, la apropiación hitleriana de la música wagneriana es algo de lo que el propio Wagner no es responsable, pero desde el momento en que su obra pasó a ser modélica de la expresión cultural nazi, perdió la neutralidad que pudiera (o no) haber tenido para quedar irremediablemente asociada al nazismo.

Los profesores Yirmiyahu Yovel y Hans Jonan han agregado el papel de Bayreuth a este cuadro. La colina se erigió en un santuario político-musical que culminó con la unión no sólo del arte y la política nacionalista, sino con la de Wagner con Hitler. Bayreuth nunca fue una sala de conciertos normal; muchos wagnerianos la han visto –y aún hoy muchos la ven– como centro de culto y peregrinación a Wagner. Esa sacralización ha unido la interpretación con el homenaje al compositor. Como estos académicos han observado, Beethoven y Mozart no poseen más santuario que el de sus partituras, y nadie, cuando los interpreta, les rinde culto. En cambio, con Wagner hay un aura de sacralización a su persona y su obra. Los músicos israelíes pueden querer interpretarlo, pero la sociedad tiene derecho a no desear homenajearlo.

Aun con las contradicciones del caso –y las hay–, los sobrevivientes del Holocausto en Israel deben tener la última palabra en este espinoso tema. Es razonable que aquellos que padecieron las consecuencias llevadas al extremo del wagnerismo sean los jueces últimos en esta cuestión. “¿Debemos esperar hasta que recibamos un certificado de alguien que dice que el último sobreviviente ha fallecido?”, pregunta exasperado Yonatan Livne, fundador de la Sociedad Wagner en Israel. Pues sí, señor Livne, sí. Y si los wagnerianos aún no pueden ser persuadidos, finalmente se puede apelar a la justicia cósmica. “Si hay un lugar donde solamente se permite a Wagner ser escuchado –comentó sobre Bayreuth Alex Ross en The New Yorker–, debería también haber un lugar donde se le pide a Wagner permanecer en silencio.” No hay lugar más adecuado para ello que el estado de Israel.

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